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Silvia Baltodano: El arte como espacio para hablar de lo que a veces no sabemos cómo decir


Silvia Baltodano

El año pasado presenté mi tesis de maestría titulada “Notas de Esperanza: una propuesta de intervención cultural para sensibilizar sobre la salud mental juvenil a través del teatro musical Querido Evan”. En ella investigué cómo las artes escénicas pueden convertirse en una herramienta concreta para abrir conversaciones sobre salud mental en jóvenes. Como primer artículo de mi autoría para el blog de Luciérnaga, quisiera compartir algunas reflexiones que nacen de ese proceso y de mi experiencia trabajando en el cruce entre arte, educación y comunidad.

En Costa Rica, el suicidio representa la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 24 años, y aproximadamente el 12 % de las muertes en este grupo etario están relacionadas con esta problemática (Ministerio de Salud, 2023). Además, más del 40 % de los adolescentes ha experimentado síntomas de ansiedad o depresión, pero solo cerca del 25 % recibe algún tipo de tratamiento adecuado (Caja Costarricense de Seguro Social, 2022; OPS, 2021).

Estas cifras evidencian que necesitamos nuevas formas de acercarnos a estos temas: espacios donde sea posible hablar, escuchar y comprender sin ningún miedo ni estigma.

Aquí es donde el arte; y particularmente el teatro puede jugar un papel fundamental.

Las artes escénicas tienen una capacidad única: permiten experimentar emociones colectivamente. En un teatro, una historia puede abrir puertas que a veces permanecen cerradas en otros contextos. Un personaje puede poner en palabras algo que alguien en el público nunca había podido decir en voz alta. Y, de pronto, lo que parecía un tema lejano o incómodo se vuelve humano, cercano y compartido. Se vuelve real.

Y esto lo digo con conocimiento de causa. Para mí el teatro ha sido un terapeuta constante, el canto, un alivio para el alma y la danza, una forma de liberación. Cuando era joven sentía que nunca encajaba en el colegio, pero cuando iba a mis clases de ballet encontraba el espacio donde pertenecía. Cuando me unía al club de teatro; aunque a veces eso daba pie para más burlas o bullying, era profundamente catártico. Han sido las artes escénicas las que me han guiado a encontrar mi identidad.

A través de esa práctica descubrí que el texto oculto está tan presente en la vida como en los textos dramáticos- aquello que no se dice pero se siente. Descubrí que forma parte del ser humano. Descubrí que no estaba sola en lo que sentía y que lo que experimentaba no era irracional, ni estúpido, ni malagradecido. Aprendí a ser más amable conmigo misma y, al mismo tiempo, más disciplinada y rigurosa.

Y fue gracias al teatro que confesé por escrito por primera vez que vivo con depresión...y que ya no me avergüenzo de ello.


Durante el proceso de investigación y puesta en escena de Querido Evan, fue claro que el teatro no sólo genera entretenimiento, sino también diálogo. Los datos recogidos durante el proyecto mostraron que el 89 % de los asistentes reportó una mejora en su comprensión sobre los desafíos de la salud mental y el 90 % afirmó sentirse más cómodo hablando de estos temas después de asistir al espectáculo.


Pero más allá de las cifras, lo más significativo fueron las conversaciones que surgieron después de cada función: jóvenes que se acercaban a hablar, familias que confesaban que por primera vez habían hablado de estos temas en casa, estudiantes que encontraban en la historia un reflejo de sus propias emociones.


Esto nos confirmó algo importante: la cultura no es un lujo; es una herramienta social.

Cuando el arte se integra en la educación y en los espacios comunitarios, se convierte en un puente entre conocimiento y experiencia emocional. Permite abordar temas complejos: como la ansiedad, la depresión o el suicidio, desde un lugar seguro, empático y profundamente humano. Por supuesto que no sustituye a la psicología ni a los sistemas de salud, pero puede ser una puerta de entrada poderosa para iniciar la conversación.


En un mundo donde los jóvenes enfrentan presiones cada vez mayores; desde las redes sociales hasta la incertidumbre sobre el futuro, necesitamos más espacios donde puedan sentirse vistos, escuchados y comprendidos. El teatro, la música, la danza y las artes en general tienen la capacidad de crear esos espacios.


Pero esta idea no es nueva ni aislada. En los últimos años, organismos internacionales como la UNESCO han insistido en la importancia de integrar el arte y la cultura como parte esencial de los sistemas educativos. Desde la Agenda de Seúl para la Educación Artística y más recientemente a través del Marco para la Educación Cultural y Artística, la UNESCO ha impulsado una iniciativa global que busca fortalecer el acceso a las artes dentro de la educación formal, reconociendo su impacto en el desarrollo cognitivo, emocional y social de las personas.


Países como Finlandia, Corea del Sur, Francia, Canadá y Australia han adoptado políticas educativas donde las artes ocupan un lugar estructural dentro del currículo escolar. En América Latina, países como Chile, Colombia y México han avanzado en la incorporación de programas de educación artística como herramientas para el desarrollo integral de los estudiantes. Costa Rica, aunque históricamente ha tenido una fuerte identidad cultural, aún enfrenta el desafío de consolidar la educación artística como un componente esencial y universal dentro de su sistema educativo.


Esta convicción también se ha fortalecido en mi camino personal. Como parte de mi participación en el Fellowship de Central American Leadership Foundation, uno de los compromisos es desarrollar iniciativas que generen impacto positivo en la región desde nuestra área de experiencia. Cada día me convenzo más de que una de las transformaciones más importantes que podemos impulsar en Costa Rica es lograr que la educación artística sea obligatoria en el sistema educativo, de la misma forma que lo es la educación física.


Imagino un país donde el teatro, la música, la danza y las artes visuales no sean consideradas actividades extracurriculares, sino herramientas fundamentales para el desarrollo humano.


Imagino también un sistema de salud donde los médicos puedan prescribir artes escénicas y actividades culturales como parte de tratamientos para el manejo del estrés, la ansiedad o el burnout, tal como ya ocurre en países como el Reino Unido, donde existen programas de social prescribing que incorporan actividades artísticas como parte de estrategias de bienestar.


Pero para avanzar hacia ese futuro necesitamos algo más: medir el impacto de la cultura con mayor rigurosidad. Necesitamos evidencia que nos permita comprender, documentar y demostrar cómo el acceso a las artes influye en la salud mental, el desempeño educativo, la cohesión social y el desarrollo socioeconómico de nuestras comunidades.


Porque la cultura no es únicamente identidad, folclor o entretenimiento. La cultura también es salud pública, educación y desarrollo.


Desde Luciérnaga creemos profundamente en el poder de las experiencias artísticas para transformar comunidades y cambiar vidas. No sólo porque generan belleza, escape o entretenimiento, sino porque pueden ayudarnos a entendernos mejor como sociedad.

Y a veces, ese primer paso hacia una conversación importante empieza con algo tan simple; y tan poderoso, como sentarse juntos en una sala oscura, ver una historia en escena y reconocer, en silencio, que no estamos solos.ño pasado presenté mi tesis de maestría titulada “Notas de Esperanza: una propuesta

 
 
 

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