Javier Echeverría: Nadie te enseña a ser productor. La vida no lineal detrás de quienes hacen lo imposible.
- Javier Echeverría

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Hay algo que casi nadie le dice a los jóvenes que sueñan con el teatro: producir puede ser incluso más difícil que actuar. No porque requiera más talento artístico, sino porque en muchos países simplemente no existe un camino claro para aprender a hacerlo. Mientras los actores tienen clases, conservatorios, talleres y profesores que los acompañan en su formación, los productores teatrales suelen aparecer de una manera mucho más caótica.
No hay una carrera específica, ni una estructura académica sólida que forme gestores escénicos, ni una industria lo suficientemente grande que permita que los nuevos productores se desarrollen paso a paso. En gran parte de Latinoamérica, la producción teatral sigue siendo una profesión que se aprende de la única manera posible cuando no hay sistema: haciéndolo.
Ese es uno de los grandes silencios de nuestra industria cultural. En países con industrias teatrales consolidadas, como España, México, el Reino Unido o Estados Unidos, existen programas universitarios especializados en producción escénica, gestión cultural y dirección artística. Los estudiantes pasan años aprendiendo sobre presupuestos, logística, equipos técnicos, desarrollo de audiencias y sostenibilidad cultural antes de liderar sus propios proyectos. Pero en muchos países latinoamericanos la historia es distinta. Aquí los productores se forman empíricamente, aprendiendo dentro de una producción real, resolviendo problemas que nadie les enseñó a resolver y construyendo una carrera a partir de intuición, resiliencia y experiencia.
En Costa Rica esa realidad es particularmente evidente. Muchos de los productores que hoy lideran proyectos audiovisuales, espectáculos o eventos masivos no comenzaron su carrera estudiando producción. En empresas como Teletica, en productoras de televisión, agencias de eventos o compañías de entretenimiento, es común encontrar profesionales que originalmente se formaron en administración de empresas, marketing, publicidad o comunicación, y que con el tiempo descubrieron que su verdadero rol estaba en coordinar equipos, levantar proyectos y transformar ideas en espectáculos. La producción termina apareciendo como una consecuencia del trabajo y de las oportunidades que surgen en el camino, no como una carrera planificada desde el inicio.
La universidad puede ofrecer herramientas importantes para entender presupuestos, estrategias de mercado o gestión de equipos, pero rara vez enseña lo que significa realmente producir teatro. Esa formación ocurre en otro lugar: en los ensayos interminables, en las crisis de presupuesto que aparecen a mitad del proceso, en los retrasos técnicos que obligan a reinventar soluciones y en las decisiones que deben tomarse cuando todo parece estar a punto de desmoronarse. En muchos sentidos, la verdadera escuela del productor sigue siendo el escenario vacío minutos antes de que se levante el telón.
A esa falta de formación se suma otro desafío estructural: la escasez de showbusiness. En muchos países de la región simplemente no hay suficientes producciones activas para sostener una industria constante. Cada obra implica empezar desde cero, levantar recursos donde muchas veces no existen, construir equipos que probablemente nunca han trabajado juntos y asumir riesgos que no siempre tienen una red de seguridad. Producir teatro en estos contextos requiere algo más que talento organizativo; requiere una convicción profunda de que vale la pena seguir creando incluso cuando el sistema no está diseñado para hacerlo fácil.
Quizás por eso es tan difícil que surjan nuevos productores. Muchos jóvenes que aman el teatro imaginan su lugar en el escenario, pero pocos se imaginan liderando el complejo ecosistema que hace posible una producción. Cuando alguien decide dar ese paso, rápidamente descubre que no hay un sistema que lo acompañe ni una estructura que le enseñe cómo hacerlo. La producción termina convirtiéndose en una profesión donde cada proyecto es también una clase intensiva de liderazgo, creatividad y resolución de problemas.
Durante mucho tiempo yo pensé que mi historia en el teatro iba a ser muy distinta. Como muchos niños fascinados por el espectáculo, mi sueño siempre fue estar en el escenario. Quería cantar, bailar y entretener a miles de personas. En mi mente, el teatro era el lugar donde ocurría la magia y donde yo imaginaba mi futuro.
Crecí en Venezuela dentro de una familia donde la medicina era prácticamente una tradición. Mis bisabuelos eran médicos, mis abuelos eran médicos y mis padres también. Dentro de ese contexto, hablar de entretenimiento o de teatro no era precisamente el camino esperado. Sin embargo, desde muy pequeño había algo dentro de mí que estaba inevitablemente atraído por el espectáculo.
Dormía con mi hermano en una litera estilo camarote y convertíamos nuestro cuarto en un pequeño teatro improvisado. Juntábamos las camas, colgábamos cobijas como telones y montábamos shows de títeres o musicales inventados. Me fascinaba la idea de transformar un espacio cotidiano en algo extraordinario.
Pero crecer también significa enfrentarse a ciertas realidades. En algún momento entendí algo que cambiaría completamente mi relación con ese sueño: yo no canto bien. No regular, no más o menos. Simplemente no canto. Puede parecer una revelación pequeña, pero cuando uno ha imaginado su vida sobre un escenario, aceptar que ese no es su talento puede sentirse como perder el norte.
Durante mucho tiempo pensé que ese sueño simplemente se había quedado atrás. Haber salido de Venezuela, haber tenido que empezar de nuevo en otro país y enfrentar las responsabilidades de la vida adulta hicieron que el teatro pareciera cada vez más lejano. Era un recuerdo bonito de infancia, algo que había amado profundamente, pero que quizás ya no formaba parte de mi realidad.
Hasta que en el 2017 ocurrió algo inesperado. Un amigo me dijo casi por casualidad: “Mae, vayamos a ver un musical que se llama Chicago.”
Esa noche me senté en el Teatro Popular Melico Salazar, creo que alrededor de la séptima fila. Recuerdo perfectamente el momento en que comenzó la obertura, las luces, la música, la energía del público esperando el primer movimiento. Y de pronto, entre humo y luces, apareció Isabel Guzmán Payés saliendo del piso del escenario. Fue uno de esos momentos donde el tiempo parece detenerse por un instante, sentí algo que no había sentido en muchos años: la magia del teatro.
Ese momento me recordó exactamente por qué me había enamorado de ese mundo cuando era niño. La emoción, el misterio, la capacidad del escenario de transformar una sala llena de desconocidos en una experiencia compartida. Y fue entonces cuando entendí que todavía quería formar parte de ese universo.
Lo que nunca imaginé es que esa noche sería el inicio de algo mucho más grande. Después de una mezcla de suerte, insistencia y circunstancias que todavía hoy parecen improbables, terminé formando parte del equipo de producción de la segunda temporada del musical. Fue ahí donde pude ver el espectáculo desde el otro lado, desde la compleja maquinaria que permite que esa magia exista.
En ese momento comprendí algo fundamental: el teatro no vive únicamente en el escenario. El teatro también pertenece a quienes imaginan el proyecto, organizan el equipo, levantan los recursos y sostienen el proceso cuando todo parece complicado. Fue ahí donde descubrí que mi talento no estaba en cantar o bailar, sino en construir las condiciones para que otros pudieran hacerlo.
Desde entonces han pasado casi diez años dedicados a producir teatro. Diez años aprendiendo una profesión que nadie me enseñó formalmente, sino que tuve que descubrir en el camino. Como ocurre con muchos productores en nuestra región, la vida fue mi escuela. Cada producción se convirtió en una clase intensiva sobre liderazgo, creatividad, negociación y resistencia emocional.
Mi historia también está marcada por la migración. Cuando Venezuela comenzó a colapsar bajo la dictadura, muchas familias tuvimos que salir. Recuerdo con tristeza cómo espacios culturales que habían sido emblemáticos, como el Teatro de la Ópera en Maracay, Venezuela, comenzaron a deteriorarse hasta quedar prácticamente abandonados. Ver cómo esos lugares desaparecían era ver cómo una parte de la cultura de un país se apagaba lentamente.
Llegar a Costa Rica significó empezar de nuevo, pero también fue una oportunidad extraordinaria. Encontré un país donde todavía existía espacio para construir industria, para levantar proyectos y para imaginar espectáculos que pudieran crecer con el tiempo. Fue ahí donde muchos de los proyectos más importantes de mi carrera comenzaron a tomar forma y donde entendí que producir teatro también significa apostar por el futuro cultural de una sociedad.

Uno de los momentos más significativos de mi carrera llegó con la producción de Jesucristo Superestrella. Ese proyecto representó mucho más que un logro profesional. Fue también un momento profundamente personal. Durante muchos años mis padres no entendieron completamente mi decisión de dedicarme al teatro. Para ellos era difícil imaginar estabilidad dentro de un mundo tan incierto como el del espectáculo.
Mi padre falleció antes de poder ver todo lo que vino después en mi carrera. Y aunque siempre hubiera querido que pudiera presenciarlo, me gusta pensar que de alguna manera ese proyecto fue una especie de aprobación silenciosa. Una confirmación de que el camino que había elegido tenía sentido.
Hoy mi historia continúa en un nuevo capítulo en Europa. Cambiar de país implica algo que muchas personas no anticipan: incluso con experiencia, uno vuelve a empezar desde cero. Nadie conoce tu historia, tus proyectos anteriores ni los años de trabajo que te trajeron hasta ahí. En ese nuevo contexto te conviertes simplemente en alguien más intentando abrirse camino dentro de una industria donde hay personas con más trayectoria, más recursos y más conexiones.
Pero si algo me ha enseñado el teatro es que los sueños evolucionan. De niño soñaba con compartir escenario con los grandes presentadores de la televisión latinoamericana.
Hoy mis sueños son distintos. Sueño con producir espectáculos en ciudades como Madrid, Londres o incluso Nueva York, y con seguir creando espacios donde artistas extraordinarios puedan mostrar su talento.
Con el tiempo entendí que el teatro necesita muchas formas de talento. Necesita actores, cantantes, directores y bailarines, pero también necesita personas capaces de construir las condiciones para que todo eso exista.
Y en algún momento comprendí que ese era mi lugar. No todos nacimos para estar en el escenario...
Algunos nacimos para hacerlo posible.





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